La fábrica de paisajes

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Rodrigo Leão (sintetizador y bajo eléctrico), Celina da Piedade (acordeón, metalófono, voz), Viviena Tupikova (violín y teclado), Bruno Silva (viola), Carlos Tony Gomes (violonchelo), Rui Vinagre (guitarra eléctrica), Scott Matthew (voz invitada). Teatro Häagen Dazs de Madrid, 22 de mayo de 2012.

Tras su paso por Murcia la noche anterior, Rodrigo Leão y su ensemble se presentaban en el Teatro Häagen Dazs de Madrid con A montanha mágica (2011) bajo el brazo ante una sala casi llena, dispuesta a escuchar el último título de la discografía del compositor portugués. Tal vez un trabajo que juega con ideas musicales maduras para recorrer su infancia, un disco diferente sobre todo en forma a A mãe (2009) o a Cinema (2004), el que sin duda ha marcado su galopada en solitario.

Yendo fulminante a la música, sin explicaciones, siempre con un carácter generoso cediendo el protagonismo a sus cómplices de escenario –tanto a su grupo como a su invitado el australiano Scott Matthew–, así fue el recital del que fue miembro de la formación más legendaria de Madredeus, la de finales de los ochenta y principios de los noventa.

“A praia do Norte” marcó el inicio de una secuencia de temas dibujada con cuerdas y metalófono, con contras entre teclados. Sin embargo, con la entrada del acordeón de Celina da Piedade llegó el sonido del grupo, ubicado, redondo hasta el final. La contundencia y el control marcaron el cuerpo de su música, en ocasiones con gracia infinita como con “O tango dos malandros”. Aquí comienzan a sentirse paisajes, también de película, como si de una de Peter Greenaway se tratase, instalándose el público por fin en un concierto de Rodrigo Leão.

La llegada de lo vocal fue necesaria, a pesar de la respuesta cálida de la sala, para romper en cierto modo lo compacto de un repertorio en el que reina lo instrumental. El punto de giro lo instigó la voz fibrada de Scott Matthew, con un calibre arrasador tanto en “Terrible Dawn” –recogido en A montanha mágica– como en “In the end”, uno de los dos temas propios interpretados por el australiano.

Hasta el fin se evidenció cómo el grupo empareja músicas, con una factura minimal, secuencial, donde se repiten para que tengan sentido, sin prescindir del eco. Tienen forma, elegante y simple, sobre todo a través de las dinámicas –probablemente más inquietantes con orquesta– modelando con manos a través de los cambios, utilizando los timbres de los protagonistas del ensemble –que fueron todos– en “O espanhol”, “A montanha mágica”, “A revolta”, en “Ventozela”… aunque sin guitarra portuguesa. Y esto es evidente, Leão y sus músicos son impecables técnica y expresivamente, desde Tupinoka, el chelista Carlos Gomes o el carisma de Celina da Piedade.

El entorno fue tremendamente agradecido, sobre todo en el encore con el tema de Madredeus “As ilhas dos Açores” y con “Pasión”, inevitablemente la joya de la corona para el público español, tal vez poco acostumbrado a todas las dimensiones de Leão o diferente ao público da terra. Tal vez por ello los aplausos no permitieron esos tres segundos al final de cada tema en los que todavía respiran los sonidos.

Es el control riguroso de sus paisajes sonoros, tímbricos y con croma, la huella de estilo del compositor portugués, un ejercicio de contención musical. Lo grande de Rodrigo Leão y su ensemble es la humildad firme de su presencia, íntegra.

Carmen López

Foto tomada de Rodrigo Leão. Página oficial.
Foto portada: Blog Infimar

     
     
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