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Perder canciones

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Perder canciones

Hugo Milhanas Machado

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UN DISCO QUE NO EXISTE
Perder canciones

Hugo Milhanas Machado

A veces me da por recordar una vieja cinta que sonaba una y otra vez en el coche familiar en cualquier desplazamiento veraniego allá por los años 90. Me viene entonces –ahora, quiero decir– el principio de una imagen y quizás deba devolverla ya, antes de que se me olvide o se haga muy espesa. Veo los árboles sacudidos desde la ventanilla del coche. Muchos árboles, altos, hileras horizontales, verticales u oblicuas, todos los árboles del mundo, veo un hilo borroso de mar tras esa mancha verde y castaña, dunas y arenas, caminantes y turistas, pocos, veo pocas personas, y me veo mirando el pequeño paisaje desde el coche. Como en alguna de esas circunstancias casi fílmicas en que nos sorprendemos viéndonos desde una mirada que no es, que no puede ser la nuestra.

Y entonces percibo la música, vuelvo a los veranos iguales año tras año y escucho aquella que es hasta hoy mi canción favorita. No me acaba de gustar el adjetivo, pero eso poco importa ahora. La canción es “The Whole of the Moon”, de Mike Scott & The Waterboys, editada en el enigmático This Is the Sea (1985), y me digo: la felicidad tiene que estar poblada de cosas así, o muy semejantes. No sé qué edad tendría cuando la escuché por primera vez, pero sé que nací el año anterior a que fuera editada. Bueno, no intuyo ningún significado extraordinario en esto, pero me gusta pensar que cuando salió “The Whole of the Moon” yo ya estaba en este mundo, y que podría en un probable aunque imprevisto futuro ver las cosas de una forma nueva, ver el mundo a través de aquellos versos, cantados de aquella manera, cumplirlos también con mis palabras.

Debo decir que no se me ocurría la oportunidad de escuchar mi canción en directo. Aquél entonces no. Es curioso: me he movido para presenciar conciertos de cosas que me entusiasmaban, cumplí deseos, pero con The Waterboys y la canción de los fuegos artificiales pasaba algo distinto, como si su música transcurriera en un pasillo paralelo al que yo aceptaba como mío (“mi vida va por aquí”, pensaba), no muy lejos, pero al fin y al cabo siempre lejos. Como esas manos que tanteándose toda la vida, tan cerca una de la otra, no acaban nunca de tocarse. Por supuesto que todo esto lo sabemos algún tiempo después, o en otras tierras, cuando ya es un poco tarde. Así que mi música y yo vivíamos cada uno en su mundo. Hasta que en el ameno septiembre de 2007, tras muchos años y tardes en compañía de aquella vieja cinta, me enteré de que las Fiestas y Ferias de Salamanca, donde yo vivía desde hace un año, programaban un concierto de Mike Scott y sus Waterboys para la Plaza Mayor.

No voy a describir cómo fue el concierto. No tengo fotos, ninguna grabación sonora, un par de apuntes quizás sí. Podría recordar la luminosidad en cada nota recortada por Steve Wickham, su chaqueta, sí, me acuerdo, podría recordar el momento en que Mike Scott se sentó al piano para tocar “The Whole of the Moon” por enésima vez en su vida y por vez primera para mí. Seis, siete metros: jamás estaré tan cerca de una canción. A veces me la pongo cuando atravieso la plaza, imagino el escenario, luces, los rostros de los que aquella velada dimos las volteretas de “Fisherman’s Blues”. Luego sigo mi camino, intento olvidarme de todo e incluso cambio de canción. Puede que apague el aparato. Pero bueno, creo que esa ya sería otra historia, y está bien saber parar.

Ha pasado un lustro y hoy creo que aquella noche, además de perder canciones, una parte de mí se quedó para siempre allí, bailando sobre piedras rojas, piedras de cristal y fuego: creo que empezaba otro tipo de juventud, aunque no sepa muy bien porqué.

Hugo Milhanas Machado

Fotografía procedente de The Waterboys. Página oficial

     
     
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