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o de cómo escuchar el arte

L’escarpolette, El columpio, The swing son los distintos nombres, aparentemente sinónimos, que recibe esta obra de J. H. Fragonard. Etimológicamente el francés incorpora el concepto de escalada y la palabra castellana proviene de la acción de zambullirse; movimientos complementarios que describen a la perfección el balanceo que observamos en pintura. Los ingleses, siempre más precisos, tuvieron mucha más vista: ciertamente éste es un cuadro con mucho swing.

En efecto, El columpio no sólo se puede ver, sino que también se puede oír. Aparentemente música y arte son ámbitos científicamente contrapuestos: el movimiento es la esencia de la música, la emisión sonora produce ondas que se propagan en el espacio. Los cuadros no generan movimiento, sino más bien todo lo contrario: la química asienta a las partículas físicas en la materia.

Si son matemáticamente opuestas, ¿por qué existe un leguaje común (armonía, cromatismo, serie, brillo, exposición, tonalidad, etc.) entre ambas disciplinas? Pongamos por caso la tonalidad, que en arte se refiere al conjunto de colores que conforma una composición y en música alude al número de sostenidos y bemoles que determinan el comportamiento de una melodía, su color. La noción de tonalidad en música añade un matiz de jerarquía: la música está liderada por la presencia de una tónica, alrededor de la que giran el resto de notas y armonías, y que está contrapuesta por una dominante, su mortal enemiga. En la cultura occidental esta tensión es uno de los factores fundamentales para que el movimiento fluya y sea dinámico, interesante; beligerante al fin y al cabo. Existe también la función de subdominante, quien desde una modesta, pero fundamental, posición secundaria reconforta las relaciones entre ambas.

En este cuadro también se distinguen funciones jerárquicas: el elemento donde confluyen todas las miradas del cuadro es la bella dama, sin duda condimentada con delicados tónicos y ungüentos y cuyo gracioso descaro conmueve hasta a las estatuas. La discordia subyace en la presencia del dominio del señor, seguramente el marido, que impulsa el columpio, y que sin embargo, ignora la intercesión de un señor subdominante por movimiento contrario, que se encuentra además en posición invertida para favorecer el tránsito. Es el encargado de regular las tensiones entre ambos, apoyándose en la zapatilla, pequeña pista del acuerdo, o acorde entre ambos y augurio de acontecimientos venideros. El movimiento cíclico de la composición, sugerido por el vaivén del columpio hacia un lado u otro –que simbólicamente representa el doble juego que desarrolla la señorita– hace del cuadro una composición de rondeau regida por las relaciones entre V-I-IV (dominante, tónica, subdominante) encargadas de producir tensión (cercanía al dominante) y relajación (acercamiento al subdominante) una y otra vez. ¿Tanto dinamismo no debería ser contradictorio al tradicional estatismo del arte?

Paradójicamente también la música posee cualidades comunes con la pintura: sus tonalidades son tan sensuales como las artísticas. ¡Pero si la música no se ve!, reclamarán impacientes los lectores. Pues sí, los tonos mayores son alegres y cálidos, rojizos; mientras que los menores son melancólicos y fríos, verde-azulados. Y si ampliamos esta noción de color a los instrumentos de la orquesta obtendríamos como resultado que el violín produce un sonido amarillo brillante, la trompa otro azul marino, las flautas destellos blancos, y el contrabajo un temblor marrón, proveniente de lo más profundo de la tierra. Así, los destellos de la falda rosa son competencia de las flautas, el marido tañe las cuerdas del columpio como si de un instrumento de cuerda se tratara, y la llegada de la subdominante estalla bajo el clamor de una trompeta que llega a despertar a las mudas estatuas, que exigen silencio. Afinando aún más la interpretación musical de la obra, dada la presencia de un sostenido, o más bien de una sostenida, podríamos hallar aquí la clave de la tonalidad de la pintura: Sol Mayor. Como ya hemos dicho, la tónica, o tonificada, corresponde con el sol mayor de la composición, responsable de irradiar luminosidad en dirección este-oeste.

¿Qué ocurre con el ritmo? Swing, ya lo dijeron los ingleses con mucho acierto: es un ritmo de danza. Basándonos en el número de personajes protagonistas, sin duda es un compás de tipo ternario, aunque de subdivisión binaria, debido al predominio de las agrupaciones dos a dos. Es en el ritmo, tenso, sensual, balanceante, donde debemos buscar el atractivo ancestral de este cuadro. De hecho, ¿qué le iba a tener tan embelesado al señor subdominante si no es una fuerte atracción hacia el ritmo, aristocrático y sensual a la vez, de la "obertura francesa"?

Cristina Aguilar

Artículo publicado originalmente en Jugar con fuego. Revista de musicología
     
     
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