Raúl Gutiérrez Hidalgo:Escúchalo en Spotify

“Mi sueño es encontrar una bailarina de ballet para poder bailar juntos”

ESCENA[1]: Cuatro brazos lidiando con bolígrafos, subordinadas y oclusivas sobre una cómoda mesa del sureste de Madrid. Chasquidos impacientes de hamsters, hartos de su jaula, perturban la concentración. Una luz cada vez más tenue eclipsa progresivamente la ventana. Timbrazos. Salvados por la campana. Es la hora de irse, tal y como preludiaba el revoloteo de Raúl en su silla, activado tanto por la perspectiva de la futura escapada como por el recuerdo de las andanzas extraacadémicas que acaba de confesar a su “profe”.

En el exterior, de camino al estrecho vagón de metro que le conducirá a la explanada de la Plaza de Colón, las palabras de este joven de 17 años, futuro estudiante de artes escénicas, campeón de tiro con arco en diferentes modalidades, bboy y escritor precoz, son capaces de sobrevolar incluso el peso invisible de esa grabadora, que, ¡lástima! no registrará la agilidad de sus nuevas zapatillas “pro-keds royal”, pero sí favorecerá el fluir de las palabras de entusiasmo hacia una de esas actividades que realizan los jóvenes de hoy en día, a veces incomprensibles para los más mayores: el bboying, más conocido por su nombre comercial, el break dance.

Ante la pregunta “¿Qué es para ti el bboying?” Raúl se adentra en las profundidades de su pantalón para desdoblar un arrugado trozo de papel y comienza a leer:

“¿Que por qué lo hacemos? Supongo que porque lo sentimos dentro. Es por nosotros y también por la gente que nos rodea. Creo que lo más importante es eso, sentirlo: «Si no lo sientes, no serás un b-boy, sino un idiota que aprendió a dar vueltas sobre su espalda.» –eso es un cita de Mr. Wiggles, que es uno de los b-boys guays–. Tampoco se trata sólo del tiempo que pasas bailando, sino también del que compartes con tu gente. No es un juego y tampoco es sólo por disfrutarlo; esto es una forma de vida, una forma diferente de ver las cosas. Hay gente que aprende a bailar y gente que ha nacido para ello.

Para muchos no se trata de ser el mejor, sino de superarse a sí mismo y sentirse bien. Y eso es lo único que hay que entender.

Es la sensación de volar la que me da la vida segundo a segundo, y el esperar todo el día para volver a sentirla lo que me hace seguir adelante.”

Animado por la fuerza de sus propias palabras, continúa:

“El Bboying surge a mediados de los años 70 cuando el gran y venerado señor DJ Kool Herc hacía block partys en casas o edificios del Bronx y Brooklyn. Allí se juntaba toda la gente del barrio en fiestas en las se pinchaban canciones que tenían una parte melódico-rítmica sin voz: el break. Fue en esas secciones donde se empezó a bailar. A esa gente que bailaba en los breaks se le llamó break-boys. Del break boy sale el break-boying o bboying. Y de ahí bboy, que es el nombre del que lo practica. Break dance es un nombre comercial que le ponen los periodistas neoyorkinos a mediados de los 80 cuando se empieza a hacer famoso gracias a Rock Steady Crew y los New York City Breakers. Y sí se llama breaker, pero normalmente alguien que te diga “yo bailo break dance” es susceptible de no llevar bailando “break dance” ni dos meses. [Risas] Al contrario de lo que piensa mucha gente el bboying no es algo de delincuentes que hacen pintadas en el metro, de hecho, algunos de los integrantes de Rock Steady Crew decían que precisamente el bailar les mantenía ocupados para no delinquir. Cuando dejaron de bailar, alguno que otro volvió al mundo del crimen, llegando a morir uno de ellos asesinado.

Para bailar en Madrid ahora mismo la cosa está chunga, sobre todo en invierno, cuando hace frío en la calle. Antes se podía bailar en sitios cubiertos de algunas estaciones de Renfe, pero ahora está prohibido. Sí podemos en los soportales tanto de Nuevos Ministerios como de Colón, donde el suelo no es público, sino privado. En Colón pertenece al Barcklays, y en Nuevos Ministerios al Corte Inglés. En su día se escribieron cartas y nos permiten tener amplificadores de sonido, que normalmente están prohibidísimos en la calle. Y es que el bboying es algo que sólo se puede practicar en la calle. Algunos afortunados que tienen espacio pueden permitirse el hacerlo en su casa. Yo he remodelado mi habitación y ¡he conseguido el espacio suficiente como para hacer Top Rocks! [Sonrisas].

Cada bboy va inventando. Hay una base de movimientos comunes, fundamentals, sobre los que se experimenta. Cuando estás entrenando inventar tus propios movimientos e improvisar no es fácil, pero normalmente cuando haces una “salida” piensas, de todos los pasos que tienes, cuál va a ir después. Mientras estás haciendo uno estás pensando en cómo vas a encajarlo con el siguiente [los brazos de Raúl, ya inmovilizado en el asiento del vagón del metro, también encajan y desencajan movimientos al son de su compás interior]. Incluso es posible una improvisación musical a partir del baile; en su momento, en Nueva York era común fabricar una batería improvisada con algunos cubos de basura y algún plato y sobre la música que se iba a tocando, ponerse a bailar. En las competiciones el dj pincha y se crean dos improvisaciones simultáneas. Normalmente se baila sobre Break-beats y un poco de todo, salsa, funk… Yo disfruto mucho con todos los clásicos, It’s just begun me gusta mucho, y también salsa, a saco. Tengo incluso un compi que en su día hizo una coreografía bailando música de ballet, en la que se incluían ambos estilos, que obtuvo muy buen resultado. No es habitual, pero se puede, ¡y mola! Mi sueño es encontrar una bailarina de ballet con la que hacer este tipo de experimentos. La danza clásica me parece una base técnica muy buena; no descarto el tomar alguna clase próximamente.

El bboy lleva en la mochila rodilleras y gorro. Y éste no es un gorro cualquiera. Es un gorro normal de lana al que, si es para dar vueltas con la cabeza, se le cose en la parte que va a entrar en contacto con el suelo diferentes materiales, que pueden ser un trozo de esterilla o hamaca de playa; mira, tócalo. Aún con esto a algunos les acaba saliendo una calvilla por aquí [se señala la parte superior de la cabeza y ríe].

Entre nosotros tenemos siempre muy buenas relaciones; no hay ningún tipo de competitividad fuera de la pista. Todo el mundo se ayuda; lógicamente los que llevarán más tiempo serán los que más ayuden. El bboying se puede dividir básicamente en cuatro apartados diferentes. El toprock, que se hace de pie, en el que es más fácil moverse. footwork son los pasos que se hacen en el suelo. Los freezes, su nombre lo indica en inglés: “congelado”, son posturas que se utilizan en la música para seguir el ritmo en cortes o golpes escénicos. El más fácil y el más común es el babyfreeze y luego están los power moves, todos los movimientos acrobáticos; no son por los que se empieza a bailar nunca, requieren mucho más esfuerzo técnico. El básico es el molino, o windmill, “voladas”, y a partir de esa técnica sale el resto. Air-flare o twister es el movimiento más difícil por excelencia. [Su impaciencia le hace levantarse, y ante la estupefacción de los dispersos ocupantes del metro de la línea 9, explica el movimiento, no sobre el suelo, ya que no tendría suficiente espacio, sino sobre una pared]. Se necesita un gran control sobre el equilibrio.

Una de las cosas más características del bboying es el dar vueltas con la cabeza, y una de las preguntas comunes es que si uno se marea, ¡como si estuvieras en el topspin del Parque de Atracciones me han preguntado algunos! No, yo no me mareo.Y es que cuando das vueltas con la cabeza no distingues nada. No hay que mirar o no mirar, simplemente debes mantener la postura y aguantar el equilibrio. Tú no ves nada. No se ve nada. Pero mola. Probablemente es lo que más me gusta de todo.”

Llegados a este punto la conversación desemboca en un vagón de la línea circular en hora punta. Alguien grueso se interpone entre los dos e interrumpe cualquier forma de comunicación. Tres minutos de molesto traqueteo de tren quedan registrados en la grabadora. Una brusca apertura de las puertas, una rápida despedida con la mirada, y una riada de zapatos que bombardean el suelo del metro de Madrid. Entre ellos, unas veloces pro-keds royal emprenden su camino hacia la explanada de Colón.

Cristina Aguilar

 

 

[1] La admiración por las entrevistas de Djuna Barnes en su libro Nueva York ha sido determinante a la hora de elegir este formato.

Artículo publicado originalmente en Jugar con fuego. Revista de musicología
     
     
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