Revisitando a Hildegard von BingenEscúchalo en Spotify

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El próximo 7 de octubre, los 34 Doctores de la Iglesia católica se convertirán en 35. El papa Benedicto XVI incluirá a una mujer en la lista de eruditos maestros de la fe, la cuarta en la historia en recibir este reconocimiento tras Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Lisieux, todas ellas fueron incluidas en esta categoría durante el pasado siglo XX.

¿Por qué estamos hablando de santos (y santas), doctores (y doctoras) y Papas (que no papisas) en una publicación musical? Porque la próxima en entrar en esta lista no es otra que Hildegard von Bingen, una mujer que vivió en el siglo XII siendo abadesa benedictina, visionaria, escritora... y compositora.

Trazos de una vida fuera de lo común

Bermersheim, Alemania, 1098. Nace el hijo número diez de los nobles Hildebert y Mechtild de Bermersheim y es una niña: Hildegard. Siguiendo la costumbre, es entregada a la Iglesia, considerándola el diezmo debido a Dios, y pasa a estar bajo la tutela de la noble Jutta von Spanheim, primero viviendo en su castillo y algo más tarde con los benedictinos de Disibodenberg, un monasterio masculino que las acoge en una celda anexa. Jutta la instruye en el arte del salterio, la lectura en latín y unas prácticas religiosas estrictas. El tiempo pasa, Hildegard adquiría cada vez mayor bagaje, consagrándose a los 14 años. Se corre la voz entre las familias nobles de la zona, quienes empiezan a llevar a sus hijas al monasterio hasta que la inicialmente insignificante sección femenina se convierte en un convento, al menos, de facto. Jutta, hasta entonces a cargo de la comunidad, se apagó tras una vida de santidad cargada de penitencias y castigos corporales, algo que chocaba profundamente con las ideas de Hildegard. Ella, por su parte, ya se había ganado una reputación entre las hermanas, y éstas pese a su juventud la eligieron magistra, un cargo que quedaba bajo la autoridad del abad del monasterio.

La vida de Hildegard transcurría con normalidad, pero siempre había guardado un secreto: tenía visiones. Desde los tres años la asaltaban de repente, sin perder la conciencia, prodigios a los que ella atribuía una naturaleza divina. Luces cegadoras, mensajes, también música. Hasta que en 1141, a los 42 años, una de estas visiones cambiaría su vida. La voz que le hablaba le pedía que, a partir de entonces, contase todo lo que le fuera revelado; que escribiese.

Y no fue fácil. Ya lo dijo San Pablo: mulieres in ecclesies taceant.1 La sombra de la herejía planeaba sobre ella si sus visiones no eran creídas, si sus superiores en la jerarquía las consideraban obra no de Dios, sino del demonio. Así que recurrió a uno de los hombres más prominentes y con mayor reputación espiritual de su tiempo: Bernardo de Claraval, el abad del Monasterio homónimo que expandió la orden del Císter por toda Europa. Hildegard se dirigía a él con estas palabras:

Padre, estoy profundamente perturbada por una visión que se me ha aparecido por medio de una revelación divina y que no he visto con mis ojos carnales, sino solamente en mi espíritu. Desdichada, y aún más desdichada en mi condición mujeril, desde mi infancia he visto grandes maravillas que mi lengua no las puede expresar, pero que el Espíritu de Dios me ha enseñado que las debo creer.2

Y la respuesta llegó. Bernardo la invitó a reconocer este don como una gracia y a responder a él ansiosamente con humildad y devoción. Con la ayuda de Volmar, uno de los monjes de Disibodenberg, y de Ricardis de Stade, una de sus monjas, inició su actividad literaria. Con el reconocimiento por parte de la Iglesia de la legitimidad de sus visiones comienza también otra de las etapas fascinantes de la vida de Hildegard: la de consejera sin ambages de grandes figuras de la sociedad del momento, como San Bernardo, Federico I Barbarroja, Enrique II de Inglaterra o Leonor de Aquitania. Solicitada y respetada, autora de unas 400 cartas a lo largo de su vida, llegó a ser conocida como la Sibila del Rin.

Ante esto, el espacio anexo al monasterio masculino de Disibodenberg se quedaba pequeño para una comunidad que seguía aumentando. Así que, siguiendo una nueva visión, y pese a la oposición inicial del abad de Disibodenberg (quien tenía en alta estima el beneficio que a la reputación del monasterio aportaba Hildegard, además del económico que proporcionaban las nuevas hermanas), consiguió la autorización para la fundación de un nuevo monasterio propio en Rupertsberg, cerca de Bingen, del que se convirtió en abadesa.

Un año después del traslado concluyó Scivias, su primer volumen, además de Physica y Causae et Curae, de contenidos físicos y medicinales. Y es que, contrariamente a la mentalidad imperante que proclamaba al cuerpo como fuente y reflejo de todos los pecados, un cuerpo al que había que castigar, Hildegard siempre reivindicó que un alma limpia debía estar alojada en un cuerpo igualmente limpio y respetado.

Otros títulos fueron Liber vitae meritorum y el destacado Liber divinorum operum, que tardaría unos diez años en concluir. Sorprendentemente, en esa época Hildegard cultivó aun otra faceta más: la de la predicación. Una abadesa que abandonaba su monasterio para predicar e incluso intervenir en la esfera política (Barbarroja se entrevistó con ella en su palacio de Ingelheim) no era, digamos, una estampa habitual.

La música de Hildegard von Bingen: la voz viva

Podríamos seguir descubriendo los vericuetos de una vida que no cabe en un artículo, pero acerquémonos ahora a otra vertiente: la Hildegard compositora. Es cierto que la cultura femenina en la Edad Media dependía en gran medida del movimiento monástico. Pese a que en la Historia de la Música Occidental de Grout encontramos la definición de “canto gregoriano” como “una melodía monódica cantada por hombres”, parece ser que no fue del todo así. En los conventos femeninos la música acompañaba las celebraciones litúrgicas y en muchos casos debía ser creada para ocasiones exclusivamente femeninas, como es el caso de la ceremonia de consagración de las vírgenes. No en vano dos siglos más tarde se produce en el monasterio femenino de las Huelgas uno de los grandes manuscritos polifónicos del medievo. Es más, parece que la creación dentro de los muros de los conventos aún iba más allá: ¿por qué si no iba Carlomagno a emitir una orden prohibiendo a las abadesas que sus monjas escribiesen canciones de amor?3

Pero si hay algún hito en la época es el que marca la figura de Hildegard von Bingen. La historia de la música ciertamente ha reconocido su existencia, pero sólo recientemente se ha valorado su verdadera talla: de manos de Hildegard proviene la recopilación más grande de canto monódico con autor reconocido de toda la Edad Media (¡mil años se dicen pronto!), las Symphonia armonie celestium revelationum. Además, fue ella quien escribió el primer drama litúrgico, Ordo Virtutum, la única pieza teatral musical medieval que cuenta con texto y música claramente atribuidos de un género de importancia capital en la época. No es difícil imaginar la atmósfera de la representación: 17 voces femeninas solistas encarnan las virtudes humanas, que se enfrentan con un Diablo que no canta, sólo grita o gruñe, acompañadas por un coro de almas femeninas y un coro masculino de profetas y patriarcas.

Ya sabemos la opinión de San Pablo respecto a las mujeres en la Iglesia, también la de Cirilo de Jerusalén, quien pedía a las monjas rezar moviendo los labios pero sin llegar a los oídos de otros. Pero afortunadamente contamos con palabras de la propia Hildegard a través de una de sus cartas:

Vi algo acerca de haber cesado el canto en el divino oficio por obediencia a vosotros, y de celebrar la misa cantando en voz baja, y oí la voz que procedía de la luz viviente [...]. Debemos dirigir y dar forma a las alabanzas de nuestro Creador según el material o la cualidad del instrumento corresponda a nuestro ser interior. [...] El cuerpo es el vestido del alma que tiene la voz viva. Por eso es justo que el cuerpo cante con el alma a través de la voz las alabanzas a Dios.4

Las grabaciones de calidad y los estudios musicológicos de carácter más práctico sobre la obra de Hildegard von Bingen se hicieron esperar hasta el siglo XX. Pero desde entonces son incontables las versiones y presentaciones en que encontramos las Symphoniae y el susodicho Ordo Virtutum, desde las delicadas y precisas interpretaciones del ensemble Sequentia a las versiones en clave electrónica del grupo sueco Garmarna.

Gallinas que cacarean y pasan la noche despiertas, asustadas de sí mismas”

Matthew Fox es teólogo y autor de varios volúmenes dedicados a la figura de Hildegard von Bingen, el último recientemente publicado, Hildegard von Bingen: a saint for our times. En él reivindica a la alemana como un modelo plenamente vigente aún hoy en nuestro siglo XXI: por su conciencia de la naturaleza, por su visión del cuerpo, por la importancia que le otorga a la creatividad, por defender una Iglesia que no se limitaba a los dominios del Papa. Y no pudo ser más explícita: en una de sus cartas definió al pontífice y la curia como gallinas que cacarean y pasan la noche despiertas, asustadas de sí mismas.

Se ha mitificado fuertemente la figura de la abadesa en los círculos feministas, y algunas voces reclaman que quizás fue más conservadora de lo que se la quiere representar. Pero volviendo al parece que no tan lejano siglo XII, ¿puede tildarse de conservadora a alguien que enseñó siendo mujer, predicó en presencia de obispos y arzobispos en Alemania y Suiza, fue oficialmente reconocida como profetisa, fundadora de dos conventos y que no tuvo reparos en denunciar y atacar toda actitud que no considerase justa? Cierto es que no combatió el sistema de clases de su época, pero es innegable que su doctrina fue pura revolución en el seno de la Iglesia. Cuentan que su proceso de canonización se vio interrumpido por las palabras que le dedicó a un arzobispo del momento: le avisó de que tras su muerte iría a un sitio donde no existía la música. Y es que no todo el mundo tiene el valor de enviar a un arzobispo al infierno...

Acabamos con una pequeña reflexión respecto al hecho que anunciábamos en las primeras líneas. Benedicto XVI se dispone a declarar a Hildegard von Bingen Doctora de la Iglesia. Ha citado algunas de sus cartas en casos tan delicados como los abusos a menores por parte de algunos sacerdotes, planteando la posición de la alemana desde una perspectiva peculiar: reforzando la idea de que la renovación surge a través de la conversión y el arrepentimiento más que del cambio radical de estructuras.5 Conociendo un poco más a Hildegard desde dentro, quizás valdría la pena dudar de todo y terminar con una pregunta que se hace el propio Matthew Fox: y hoy... ¿qué diría Hildegard von Bingen?

María R. Montes

1 Trad: “Las mujeres deben guardar silencio en las iglesias”.

2 Von Bingen, Hildegard. The Letters of Hildegard of Bingen. Baird, Joseph L. & Ehrman, Radd K. (trad.). USA, Oxford University Press, 1998.

3 Judith Tick, et al. "Women in music." Grove Music Online. Oxford Music Online. Fecha de consulta, 16 septiembre 2012 <http://www.oxfordmusiconline.com/subscriber/article/grove/music/52554pg2>.

4 Von Echternacht, Theoderich. Vida y visiones de Hildegard von Bingen. Ed. Siruela, 2009.

Imagen procedente de Jorge Rovira

     
     
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