En forma ternaria: Cuba-España, España-Cuba y, en el centro, Bach Escúchalo en Spotify

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Obras de M. de Falla, L. Boccherini, J. S. Bach, G. Rubalcaba, E. Lecuona, J. Turina. Orquesta de Cámara "Andrés Segovia", Concertino/director: Víctor Ambroa, solista Gonzalo Rubalcaba. Ciclo Juventudes Musicales, Conciertos y Solistas Extraordinarios Temporada 16 octubre 2012.

Sí, queridos lectores: Cuba-España, España-Cuba y en el centro J. S. Bach. Estos fueron los temas dominantes del concierto de la pasada noche del 16 de octubre en el Auditorio Nacional de Madrid. Pero ¿qué Cuba? Y ¿qué España? ¿Qué España y qué Cuba? ¿Bach?

Ante el catastrófico caos permítanme analizar el programa presentado como si de una obra musical se tratase, y no tengan miedo a la fantasía o imaginación.

En primer lugar la tonalidad reinante fue la del siglo XX marcada  por lo hispano; véase cómo el inicio de la “obra” se abre con El amor brujo de D. Manuel de Falla; un comienzo de tal fuerza, peso y carácter merece que le otorgue el rol de tema principal, al que llamaré A. Seguida y rápidamente modula dos siglos hacia atrás con música de Boccherini. Se habrán fijado que la modulación parece brusca ya que, como veremos, el único elemento conector es el lugar del emplazamiento del maestro, España. Esta mínima conexión me hace pensar no en un cambio de tema, si no en una variación un tanto atrevida y por otro lado muy bella de A. Hasta este momento tenemos un solo bloque y a partir de él comienza una digresión muy fuerte; la tonalidad modula al estilo barroco y lo hace a través de un concierto de J. S. Bach. Analíticamente me encuentro en el momento más difícil de la “obra” y por ello miro qué ocurre musicalmente detrás del germano para hallar una respuesta interpretativa: salto a Cuba a tres piezas de Gonzalo Rubalcaba publicadas en 2010 en su disco Faith “Improvisaciones de jazzsobre tres temas propios”. Sin duda ahí se encuentra la clave: la improvisación es el tema B, por lo tanto el concierto interpretado de Bach no es más que un preludio anticipatorio a las obras de Rubalcaba, preludio que homenajea a quien en su época fue uno de los mayores genios de la improvisación. En realidad vamos a comprobar que “nuestra obra” es bastante sencilla en cuanto a estructura: hasta ahora llevamos un tema A, lo hispano, y un tema B, la improvisación. Y desde esta Cuba de ingenios y fantasías, comienza el retorno a A en música de gitanerías a usanzas muy españolas por parte del cubano-español Ernesto Lecuona cerrando casi en la tónica del inicio con el op. 66 de Joaquín Turina.

En cuanto a la calidad sonora presentada al auditorio por parte de los músicos, quede constancia de la excelencia de la Orquesta de Cámara de “Andrés Segovia” y de su concertino y director Víctor Ambroa. Más dudas sin embargo me creó la figura del pianista y compositor Gonzalo Rubalcaba. Y entiéndanme el porqué: tanto la pieza de Falla, como la de Bocherini fueron geniales, especialmente el control de matices y tempo. Ambas obras fueron interpretadas sólo por la Orquesta de Cámara, sin la presencia de Rubalcaba. Fue a partir del concierto de Bach donde hizo su aparición el compositor y a pesar de la belleza de su música se percibió cierta inseguridad en la ejecución, lo que provocó que el nivel alcanzado descendiese de esos cielos a tierra un poco más firme. En cuanto a las tres improvisaciones para piano, en conjunto fueron cálidas y tranquilas, sacando Rubalcaba un sonido aterciopelado en el piano y entre las que destacó el tierno tema de la tercera “Yolanda Anas”. Fue un momento en el que al cerrar los ojos uno desaparecía de esa gran sala que es el auditorio. Pero de ese dulce ensueño vinieron a sacarnos los alegres pizzicatos de las tres piezas para orquesta arregladas de la Suite andaluza de Ernesto Lecuona. No sé si los músicos aquejaban ya cansancio o si los citados amigos cobraron vida propia en reunión tumultuosa. Respecto a la Rapsodia sinfónica, op. 66 de J. Turina, la misma sensación que con el concierto de Bach, bien ejecutada, cuidando siempre muy bien las delicadas dinámicas, pero poco segura. Así llegó el final del concierto y con él las ovaciones y los aplausos, lo que desencadenó una coda casi al estilo beethoveniano maduro, eso sí, sin trascendentalismos.

Concierto en forma ternaria; concierto de homenajes y patrias donde el caos dejó de serlo; concierto en forma ternaria con fascinantes variaciones y contrastes que no hicieron otra cosa más que otorgar vida, riqueza y eso que en Cuba se llama sabor.

Mª Cristina Ávila Martín

Imagen procedente de Pablo Picasso, El piano.

     
     
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