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Una cosa que siempre quise fue poder intuir la música, percibirla desde un lugar fibroso, aeróbico. Claro que quiero otras cosas, pero ahora mismo me interesa ésta. Y tal vez sea justamente este interés por el pulso, al final, y digo pulso pero podría decir boom o incluso boom-boom, lo que también me anima cuando leo o escribo un poema. En una palabra –nada espectacular añado ya– lo que me apetece es la capacidad y polivalencia pulmonar del lenguaje, convicción deportiva, cárnica. La cita tal vez no sea de todo pertinente, pero siempre se me acaban ocurriendo los versos de Fernando Pessoa: canto de cualquier manera / y acabo con un sentido.

Hace unos días me puse a anotar algunas impresiones sobre canciones, mis canciones favoritas, más bien, las canciones que, por algún motivo, más me inquietan. El proyecto sería el de escribir unos cuantos poemas a partir de dichas canciones, suerte de segunda o tercera voz, reverberación. El título del conjunto sería Perder canciones. Por casualidad en la cafetería donde me encontraba estaba sonando “Princess of China” de Coldplay y Rihanna y recordé, casualidad ya un poco forzada, la primera vez en que escuché al grupo inglés. Fue en el verano de 2000, en un camping en el litoral portugués. Sonó “Yellow” en mi walkman, no toda la canción, tal vez mitad de la canción, deteniéndome en ella mientras buscaba una frecuencia de radio con alguna claridad. Terminada la canción, que yo no conocía y que me había gustado bastante, seguí buscando, con la sensación de haber escuchado algo fresco y, sin embargo, áspero, con cierta salinidad.

Ahora que hablo de ello, y lo considero desde la distancia, pienso también que aquella habrá sido una de las últimas revelaciones en sede radiofónica propiciadas por mi viejo walkman. Me gustaría haberla grabado en una cinta, pero creo que no lo hice, pues solo recuerdo escuchar las canciones de Parachutes en una grabación posterior, pirateada desde el compact-disc de una compañera de clase llamada Marta.

Vi a Coldplay un mes de abril del año de 2003, en Lisboa, y durante algunos días la impresión dominante fue la de haber estado durante dos horas a unos quince metros, no más, delante de Jon Buckland y Chris Martin. Era la gira de A Rush of Blood to the Head, segundo larga duración del grupo, de los Coldplay en blanco y negro, algo distantes aún de los impulsos estratosféricos de X&Y, disco que por cierto me encantó, y de los entusiasmos cromáticos de la época de Viva la Vida y Mylo Xyloto. Eran los tiempos de “Politik”, cuya sección instrumental tocábamos e imitábamos en cada ensayo los grupos amateur de la época. Por supuesto, para los nuevos fans de la banda, más jovenes y románticos que nosotros, fueron los tiempos de “The Scientist”.

Llevaba tres años escuchando exhaustivamente los discos de Coldplay, B-sides, EP’s anteriores a Parachutes, conocía bien los vídeos, grabaciones de directos. En fin, una dedicación a toda prueba, compulsada en VHS, innumerables tapes, y mucha espera. En esos tiempos había que esperar a las canciones, en la radio, en la televisión. Y eso era bonito. Creo que ese impacto, ese estremecimiento de la canción anhelada, se acabó perdiendo con la inmediatez de la web, de herramientas que todos conocemos. En cierta forma, ahora tenemos más música, sin ninguna duda, pero es menos nuestra.

Cuando acudí al directo en el Pavilhão Atlântico de Lisboa conocía sobradamente la música de Coldplay, sus historias. Diseñé una posible setlist, equivocándome en unos pocos temas. Seguía la actividad de Make Trade Fair. Esas cosas. Vaya, eran los tiempos del sonido Coldplay. Recordé entonces esa primera audición de “Yellow”, en Peniche, en la playa, y canté conmigo el estribillo de la canción, “Oh yeah your skin and bones”. Pensé: esto hay que decirlo con la boca muy llena. Estaba casi dormido cuando escuché la canción en esa primera vez, incompleta, truncada, pero me había fijado en la entonación de las aquellas palabras, “Your skin, / Oh yeah your skin and bones”. Esto había que cantarlo con toda la boca. Y bueno, allí estaba yo, tres años después, entre veinte mil cuerpos, para comprobarlo, para ver cómo era.

Hugo Milhanas Machado

Ilustración: Héctor Quintela

     
     
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