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Sentarse a escribir sobre el rey Enrique VIII se sitúa entre el placer y el reto. Probablemente sea uno de los monarcas que más líneas y representaciones ha generado desde el mismo momento de su reinado a principios del siglo XVI en Inglaterra hasta nuestros días, donde se proyecta su figura en películas e incluso series de televisión. Sobre esta profusión de imágenes e historias hay, como siempre, defensores y detractores: la exactitud histórica, las cronologías correctas o incluso si los protagonistas son o no físicamente adecuados para representar a los personajes, son temas recurrentes. Pero una cosa está clara: la historia atrae, nos gusta que nos la cuenten de mil maneras distintas. Y aunque sepamos que Jonathan Rhys-Meyers probablemente tenía poco que ver con el Enrique VIII de los retratos de Holbein, nos encanta descubrirlo a través de él. El monarca y su reinado siguen vivos y vigentes.

Al pensar en Enrique VIII es inevitable recordar sus intrigas amorosas, que le llevaron a casarse con seis mujeres distintas, su temperamento y carácter, y su autoridad implacable ejercida a través de la violencia, aplastando cualquier intento de rebelión, deshaciéndose de sus colaboradores (y esposas) si fuera necesario, o destruyendo todos los monasterios y abadías de Inglaterra, y con ellos el arte que albergaran: estas obras alababan a un falso dios de una Iglesia católica egoísta y embustera representada por el Papa de Roma. Y es que Enrique también rompió con él en el año 1532, proclamándose Jefe Supremo de la Iglesia inglesa.

Pero la vertiente del rey Enrique que aquí nos interesa no es política, violenta, ni tan siquiera amorosa: buscamos la otra cara de la moneda, la cara humanista, la que le hizo ser considerado uno de los monarcas más ilustrados del Renacimiento europeo. Y por el lugar donde nos encontramos cuál fue la relación de Enrique VIII con la música: en la corte, en su esfera privada, como admirador, pero también como compositor e intérprete.

Enrique VIII, rey humanista

Enrique Tudor, hijo del rey Enrique VII (1457-1509) no estaba destinado a ser el futuro rey de Inglaterra. Ese puesto lo ocupaba su hermano mayor, Arturo, mientras que él estaba en principio reservado para la vida religiosa. De esta manera, su educación fue de carácter plenamente humanista, inspirada en la sabiduría clásica, aunque a su vez no olvidase la caballería medieval, la de los héroes que utilizaban la fuerza para proteger a los débiles; una combinación que estaría muy presente a lo largo de todo su reinado. De esta manera, la música fue un área más dentro de su formación y son numerosas las fuentes que nos presentan a un Enrique hábil e interesado en ella.

Tras la muerte de su hermano y de su padre, Enrique fue coronado Rey de Inglaterra en 1509, casándose con la viuda de su hermano, Catalina de Aragón, la primera de las seis mujeres que le acompañarían durante su vida. Desde el momento de ascenso al trono la música pasa a ocupar un lugar prominente en la corte. Tratándose de un rey joven (apenas tenía 17 años) y con gusto por la diversión y el ambiente cortesano, la música aparece en todo tipo de ceremonias: reuniones con jefes de estado y embajadores, procesiones, banquetes, justas… El incremento de músicos en la corte es otro factor que habla por sí mismo de la creciente importancia de la música: si apenas 60 años antes, en época de Eduardo IV, eran 5 los músicos permanentes en la corte, con Enrique VIII el número asciende a 58, entre los que hallamos documentados ocho violas, siete sacabuches, siete flautas, dos laúdes, un virginal y un rabel, entre otros. Impresiona también la gran colección de instrumentos de que disponía, inventariada en 1547, tras su muerte.

Como cuentan las fuentes, gustaba de oír a los demás, pero también se recoge que él mismo fue intérprete al laúd, al órgano y también al virginal, incluso de cornetto y otros instrumentos como el gitteron-pipe y el flute-pipe, todos ellos de viento. Y sobre todo, estas mismas fuentes inciden en cómo el monarca escribía sus propias canciones para después interpretarlas.1 Hemos llegado al Enrique VIII compositor.

Al laúd y también a la pluma

Al Enrique VIII compositor se le ha tratado de las maneras más contrapuestas: desde poco más que un farsante, por copiar completamente obras continentales y sólo añadirles su firma, a la visión del genio que revolucionó la música de su tiempo en Inglaterra, acuñando la intemporal “Greensleeves”, dedicada a una Ana Bolena que no respondía a su amor. Como suele ocurrir en estas ocasiones, el término medio suele llevarnos a la opción más cercana a la realidad: es cierto que sus obras se inspiraron en música continental europea y que algunas de ellas se construyeron sobre piezas prexistentes –una costumbre muy común– pero no sería correcto afirmar que la mayoría de su obra es pura copia. El único caso demostrable de plagio es “Gentil prince de renom”, una chanson donde las tres voces principales se recogen en un manuscrito veneciano publicado en 1501 (Enrique tenía apenas 10 años de edad). Su contribución a estas fue una cuarta voz, sin letra (quizás con vistas a una posible interpretación puramente instrumental), que los teóricos definen como extremadamente débil. Ah, y por supuesto, su firma.

Tanto esta chanson como el resto de piezas atribuidas al monarca se conservan en el conocido como “Manuscrito de Enrique VIII”, compilado en 1518 y que incluye también obras de otros compositores contemporáneos, como Cornysh, Cowper o Fairfax, o continentales, como Barbireau o Compère. Además de las piezas recogidas en este manuscrito, se sabe que Enrique escribió dos misas en cinco partes, que hoy se encuentran perdidas, y un motete religioso, “Quam pulcra es”. Que sepamos esta fue toda su aportación a la música sacra.

El nivel de estas composiciones ha sido muy discutido. En algunos casos, parece ser que las piezas han llegado hasta nosotros más por el renombre de su autor que por su calidad musical, pero sobre todo es innegable que las piezas en lengua inglesa tienen interés por sí mismas, que enganchan. No hay más que ver el caso de “Pastime with good company” (de donde proviene el título de este artículo), una obra donde se refleja la juventud del rey y su gusto por la diversión, tal como reza el título, en buena compañía. Probablemente sea esta la pieza más conocida del rey Enrique, y una búsqueda rápida en YouTube o en Spotify nos dará pruebas de ello: desde las versiones más fieles, como la de los King’s Singers, o las instrumentales de la banda inglesa Gryphon, a las más libres, como la del grupo de inspiración fantástico-medieval Blackmore’s Night, los progresivos Jethro Tull o incluso una sorprendente versión por una orquesta de ocarinas. Incluso oímos al mismísimo Doctor House cantarla en su casa, aunque quizás no en el momento más adecuado.

Hora de hacer balance. Ciertamente, Enrique VIII no fue un compositor revolucionario, ni su producción musical marcó un antes y un después. Pero su legado en este campo fue más allá: su interés por la música le proporcionó a músicos y compositores un lugar destacado en su corte y en las que le sucedieron, creando un espacio que, marcado por la Reforma religiosa del rey, sería caldo de cultivo para los grandes nombres en la música de la era Tudor, como Christopher Tye, Thomas Tallis o William Byrd.

Y cierto es, no hemos vuelto a hablar de “Greensleeves”. Probablemente fuese de origen isabelino y basado en un estilo de composición italiano que no llegó a Inglaterra hasta mucho después de la muerte de Enrique. Pero, qué le vamos a hacer, nos encanta la leyenda, y como dirían por Italia: se non è vero, è ben trovato.

María R. Montes

1 Calendar of State Papers and Manuscripts relating to English Affaires, ed. R. Brown, ii, Londres, 1864/R, no. 328

     
     
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