Tocándole un rostro al silencio

Tocándole un rostro al silencio

Una experiencia audiovisual “En los confines del silencio”

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En los confines del silencio, concierto audiovisual con piezas de Óscar Prados, Chopin, Gilardino, Bach, Javier Ares y Lorena Güelfo, Debussy, Mompou y Tansman. Auditorio Ricardo Perez Amat, Univerisdad Rey Juan Carlos, Fuenlabrada, 15 de noviembre. Intérpretes: Javier Ares (guitarra) Lorena Güelfo (piano). Videograbación: Aurelio del Portillo y José Rojano. Dir.: Aurelio del Portillo.

En su tránsito de la mano al oído la música incuba sortilegios que impiden limitar su acción procreadora al simple sonar. Las notas, en contacto con la carne, generan universos que trascienden las capacidades del sonido. Su presencia vivifica lo que toca, lo anima, confiriéndole una realidad que nos resulta ajena y sin embargo nos hace sentir extrañamente cercanos.

Desde que la mirada del ser humano consiguió domesticar entre fotogramas a la imagen y al movimiento, el séptimo arte se nutrió de este poder sonoro para esculpir con melodías su apariencia y hacer de dos ritmos un único latido. En un continuo baile de superposiciones, imagen y música han aprendido a moldearse mutuamente para fortalecer sus capacidades expresivas.

Bajo el influjo de esta fértil unión, el concierto audiovisual En los confines del silencio nos propuso una meditación sobre el paso del tiempo, adentrándose en espacios aislados del ruido con el que nos narramos los trajines del siglo XXI. La Facultad de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos I acogió el estreno de esta unión creativa en la que Javier Ares y Lorena Güelfo dieron vida musical al entramado de imágenes confeccionado por Aurelio de Portillo y José Rojano.

Durante más de una hora secundamos un recorrido por la geografía externa del silencio, con la música ejerciendo de guía y transportando hacia dentro los interrogantes, capacidad de aunar belleza y reflexión que solo el arte posee. Los que acudimos al estreno fuimos partícipes de una experiencia audiovisual cosida a cuatro manos entre las cuerdas de una guitarra y un piano.

El repertorio elegido transitaba por un amplio espectro cromático. Desde el siglo XVIII hasta nuestros días, la guitarra de Javier Ares y el piano de Lorena Güelfo trazaron un viaje hacia los rincones donde el silencio permanece dormido, para despertarlo a los ojos y al oído. Un camino que discurría, sin embargo, por lugares muy dispares.

Desde composiciones como el Prélude-Esquisse de Óscar Prados, pieza estrenada para la ocasión, hasta la Soledad de Gilardino, la guitarra de Javier Ares se adentró por la senda de la tensión submelódica, allí donde los entramados armónicos nos sugieren palabras que no terminan de encajar en el lenguaje humano. Con una equilibrada presencia de suavidad y desgarro en su interpretación, las composiciones revividas por el guitarrista ponían el acento en el interrogante y transportaban los espacios al misterio de su disolución.

Mucho más dócil y familiar fue el camino emprendido desde el piano por Lorena Güelfo, que acunaba las imágenes en nuestros sentidos y las inundaba de matices. El Nocturno Op. 9 nº 1 de Chopin, la Gnossienne nº 1 de Satie o la recreación de los colores sonoros de Debussy resaltaban la paz que late bajo la piel del silencio. Firme en su ternura, la pianista consiguió dotar a sus trazos de la verdad de un abrazo bien temperado. Mientras tanto, las imágenes en la pantalla acogían su presencia evocadora y nos la devolvían cargada de significado. 

Pero estos dos caminos eran en realidad uno solo, algo que se hacía evidente cuando guitarra y piano compartían espacio sonoro. Ya  con Bach, ya con Tansman, el vínculo entre misterio y regazo, entre color y vacío, se materializaba en el auditorio cuando los intérpretes confluían. Una unión que se hizo especialmente evidente con las Siluetas de la aurora, pieza compuesta por Javier Ares y Lorena Güelfo para la ocasión, en la que estos conceptos aparentemente contrapuestos del abismo y el tacto se reconciliaban, como si ballenas y mariposas bailaran agarradas.

Mientras tanto en la pantalla –y es que la palabra no nos deja ser partícipes de la sincronicidad implícita a lo audiovisual– el ritmo se transformaba en planos que abrían una ventana a los espacios donde el silencio se cobija del ruido. En este tapiz, las imágenes conjugaban lugares invadidos por el peso simbólico del pensamiento humano con detalles y abstracciones que seducían las pupilas y nos arrastraban hacia dentro.

El mar y la luna, la caverna y el desierto, la lluvia y el fuego... Los planos atravesaban los diversos campos semánticos sin abandonar la belleza ni el tempo pausado. Porque más que desde su grabación, todo el entramado visual parecía concebido desde la contemplación del espacio, y esta actitud contemplativa es la que reclama al espectador. Una pretensión que también era sugerida por las reflexiones plasmadas en textos, utilizados a modo de guía en las transiciones hacia los distintos paisajes.

En los confines del silencio despliega un derroche expresivo que desborda los sentidos y nos reconcilia con ritmos que tenemos desterrados de nuestro día a día. En su equilibrada combinación de emotividad y reflexión resulta placentero perderse porque, al final, el confín está plagado de encuentros.

Ramón Ruiz Ruiz

     
     
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