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Sinfonía nº 8 en do menor. Anton Bruckner. Yaron Traub (dir.). Orquesta de Valencia. Auditorio de la Diputación de Alicante, 24 de octubre de 2015.

Una persona me dijo hace ya algunos años que la buena manera de escuchar a Bruckner es con una copa de vino en la mano, tranquilo, preparado, con plena consciencia de lo que se va a oír. Escuchar a Bruckner, como opinan varios escritores o musicólogos, es presenciar la construcción de una monumental catedral musical, desde los suelos hasta el cielo, en este caso desde el pianísimo del compás número 1 hasta el acento fortísimo de la última nota del último movimiento. Para esta ocasión, la maquinaria de construcción corrió a cargo de la Orquesta de Valencia y su director titular, Yaron Traub. Y ya os adelanto que hubo opiniones para todos los gustos.

Como pequeño apunte, existen diferentes versiones de la Sinfonía nº 8 en Do menor, fruto de la desconfianza que sentía el autor hacia su obra. Dedicada en su origen al emperador Francisco José I, se interpretó la conocida como Edición Nowak, que responde a la primera versión que hiciera Bruckner, pero que no fue editada hasta 1972 ni corresponde a la que se estrenó en Viena en 1892. La obra responde a la estructura de sinfonía clásica de cuatro movimientos, con un primer y cuarto Allegro, un Scherzo, y un Adagio como tercera parte de la sinfonía. Y una vez seleccionados los planos a utilizar, comenzó la construcción del monumento.

De la orquesta poco puedo comentar fuera de la corrección más simple. Bien asentada, redonda, con unos tutti llenos que conseguían englobarnos como una cúpula, pero con unos solistas que no consiguieron estar a la altura. Destacando para bien el dúo de trompas del Adagio, el resto de intervenciones solistas o en pequeño número de intérpretes quedaron enturbiadas por unas entradas que pocas veces se producían a la vez, lo cual conseguía desconcentrarte durante unos instantes.

Por otra parte, hablando en cuestiones generales, aplaudo la interpretación de dicho Adagio, alcanzando gran emotividad en el pasaje ascendente que resuelve en el acorde de re bemol menor preludiando la entrada de las arpas. De la misma manera el Scherzo (segundo movimiento de la sinfonía) también lo considero más que adecuado.

Del director me agradó el equilibrio conseguido entre no transformarse en un ser inerte cuyo único objetivo es marcar el tempo con la batuta y un director que con sus aspavientos solo consigue que los músicos sientan incertidumbre por no saber dónde encontrarán la batuta cuando levanten la mirada. Su expresividad no exagerada junto a su claridad a la hora de conducir la orquesta merece un buen reconocimiento.

El concierto fue correcto tanto por parte orquestal como por parte de Traub. Una versión, rondando la hora y cuarto de música, con pocas recreaciones en los lentos y ligereza en los Allegro y que, si bien no pasará a los anales de la historia como una referencia en la interpretación de esta sinfonía, que sí agradó al público asistente.

No puedo acabar sin nombrar a la señora que a la salida de la sala enunció: “Ay, es que había partes muy bonitas, pero otras tan largas que me resultaron soporíferas”. Señora, esto es Bruckner, y una catedral no se construye en un momento.

Daniel Lloret Andreo

Fotografía: Jaime Alonso.

     
     
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